Las dificultades de la izquierda heterodoxa en Europa

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Carlos Elordi

Los partidos o los dirigentes europeos que más o menos comparten la orientación política del Podemos español no se encuentran en una situación políticamente boyante. La Syriza de Alexis Tsipras, el Labour Party que lidera Jeremy Corbyn o el Partido Socialista francés que, casi por sorpresa, acaba de elegir al exponente de su izquierda Benoît Hamon como candidato a las presidenciales sufren, cada uno por motivos distintos, o serios problemas internos o fuertes caídas en los sondeos. La única excepción en este panorama es el gobierno de coalición portugués, encabezado por el socialista Antonio Costa y en el que participan el Partido Comunista y el Bloque, el hermano luso de Podemos y que, desmintiendo todos los augurios, lleva 16 meses en el poder y nada parece amenazar su futuro inmediato.

Empezando por Francia, Hamon lo tiene realmente difícil. Su reciente victoria en las primarias socialistas se debe más al fracaso del candidato oficial, el primer ministro Manuel Valls, que a la pujanza de los planteamientos anti-neoliberales en el seno del PSF. Valls ha sido incapaz de librarse del lastre que para él ha supuesto haber sido el ejecutor de la política del acabado François Hollande y el giro autoritario que como jefe del gobierno ha venido propiciando desde hace más de un año no le han servido para ello.

El éxito imprevisto de Hamon refleja sin duda el hartazgo de la izquierda socialista ante el espectáculo de ineptitud que sus dirigentes han protagonizado desde hace ya unos cuantos años. Hollande y el gobierno del PSF han sido incapaces de mejorar significativamente la dinámica económica del país y, lo que es peor, sus medidas de corte neoliberal no han hecho sino agravar las condiciones de los sectores menos favorecidos de la sociedad y aumentar la desigualdad social.

La reacción de izquierdas se inscribe en ese marco. Pero puede que llegue tarde. Primero porque Hamon tiene solo unas cuantas semanas para conseguir acuerdos con los otros candidatos presidenciales de la izquierda -y son nada menos que siete- a fin de concentrar en él sus votos potenciales. Segundo, porque no es fácil que su propuesta de izquierda satisfaga al sector centrista, “burgués” del electorado socialista. De hecho, unos cuantos diputados y dirigentes que conectan con ese sector ya le han dado la espalda y se niegan a apoyarle.

Pero la gran amenaza para el candidato oficial del PSF viene de fuera del partido y se llama Emmanuel Macron. Este joven exdirectivo de la Banca Rostchild y exministro de economía de François Hollande se postula por su cuenta y riesgo con un programa de centro, neoliberal a la postre, y no deja de crecer en los sondeos porque atrae votantes socialistas y de la derecha. Y puede seguir haciéndolo, sobre todo desde que el candidato conservador François Fillon ha empezado a hundirse en las encuestas como consecuencia de la revelación de un escándalo de nepotismo y corrupción.

En definitiva, que muchos analistas franceses creen que si las cosas no cambian mucho de aquí a la primera vuelta de las presidenciales, o sea hasta finales de abril, la segunda vuelta vería enfrentados a Macron y la candidata ultraderechista Marine Le Pen, que encabeza todos los sondeos. Hoy por hoy en esos ambientes se considera que Hamon no tiene prácticamente ninguna posibilidad de pasar a la segunda vuelta.

En Gran Bretaña no debería de haber elecciones hasta 2020. Pero empieza a adquirir fuerza creciente la hipótesis de que la primera ministra conservadora Theresa May propiciará su adelantamiento, incluso antes del final de este año, una vez que consiga afianzar los primeros pasos decisivos del Brexit. Obviamente si así lo hiciera sería porque estaría convencida de ganarlas. Y lo cierto es que todos los sondeos colocan a los conservadores muy por encima de los laboristas liderados por Jeremy Corbin, cabeza del ala izquierda del partido. Varias elecciones parciales celebradas en los últimos meses, casi siempre por la renuncia al cargo de exponentes laboristas críticos con Corbyn, se han saldado con rotundas victorias de los tories.

El líder laborista cuenta con el apoyo de una clara mayoría de los militantes que han abrazado su giro a la izquierda, hartos del sesgo neoliberal que el partido asumió en los tiempos de Tony Blair y ha mantenido durante más de década y media, mientras se ha ido produciendo un empobrecimiento creciente de las clases populares y un aumento formidable de la desigualdad social. Pero el problema para los laboristas es que buena parte del descontento, muy fuerte, por cierto, que ese proceso ha generado no ha reforzado al Labour, sino que se ha convertido en apoyo activo del nacionalismo aislacionista británico y, sobre todo, de los partidos, incluido el conservador, que proponen duras medidas contra la inmigración.

En ese panorama Corbyn ha mostrado no pocas veces dudas que no han consolidado precisamente su posición. Criticó y luego apoyó sin entusiasmo el Brexit y luego, tras comprobar que buena parte del electorado laborista votaba por esa opción, ha ido modulando su actitud. La última vez, hace dos semanas cuando aceptó que Gran Bretaña limite la inmigración europea, aunque más tarde ha tratado de matizar esa actitud.

Tiene además enfrente, y militantemente, a la derecha de su partido, particularmente fuerte en el grupo parlamentario laborista. La histórica Sociedad Fabiana, que ciertamente no comulga con sus ideas izquierdistas, acaba de concluir que sólo la mitad de los votantes laboristas de 2015, fecha de las últimas elecciones generales, apoya hoy al partido y que en unos futuros comicios el Labour perderá hasta 120 escaños y no pasará del 20 % de los votos.

Los sondeos tampoco son favorables para la Syriza de Tsipras. Desde hace ya meses que la derecha, la Nueva Democracia, le supera con 10 o más puntos en los sondeos y el ambiente social no es muy favorable a su gobierno, tras de que éste no haya dejado de practicar recortes. Son 10 las reducciones de pensiones aplicadas desde 2010, más de una de ellas por el gobierno de Tsipras. En 2016 los ingresos del 75 % de los hogares cayeron respecto del año anterior y en los primeros meses de 2017 se han subido los impuestos a los carburantes, los coches, la telefonía fija, la televisión, el tabaco, el café y la cerveza.

No por ello el gobierno ha conseguido reducir el déficit primario del Estado, tal y como exigen Bruselas y el FMI. Con lo que la negociación para conseguir un nuevo préstamo de 80.000 millones de euros que evitaría la bancarrota del país y que debería concluir antes de julio, se presenta nuevamente con tintes dramáticos. Grecia no puede recortar más, la posibilidad de un Grexit, o salida de Grecia del euro, vuelve a ser una posibilidad real y Tsipras tiene tan poca capacidad de maniobra como hace casi dos años, cuando tras ganar un referéndum que rechazaba las exigencias de la UE, del BCE y del FMI, se vio obligado a bajar la cabeza y a aceptar esas imposiciones. Cuando menos parcialmente.

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